Moda

La Alta Costura francesa de los años 50 en el Museo de Bellas Artes de Bilbao

Cuando leemos en la misma frase las expresiones “Alta Costura” y “años 50” nos viene a la mente la imagen de un mundo de elegancia y sofisticación que, desgraciadamente, hace tiempo que dejó de existir. Nunca podremos respirar el ambiente de los salones de Pierre Balmain o Jacques Fath, pero si nos acercamos al Museo de Bellas Artes de Bilbao podremos revivir el esplendor de la edad de oro de la Alta Costura gracias a la exposición “Los años 50. La moda en Francia 1947-57”.

El Museo Galliera de París acogió en 2014 esta muestra comisariada por Olivier Saillard y en esta ocasión, la encargada de adaptar la muestra a las características del Museo de Bellas Artes de Bilbao ha sido la experta en Historia del Traje Miren Arzalluz. La cronología de la exposición está marcada por la presentación de la colección “Corolle” de Dior en 1947 y el fallecimiento del diseñador diez años después, un triste acontecimiento que marcó de manera simbólica el final del esplendor de la costura. Tras la inesperada muerte de Dior, que fue sucedido por su discípulo Yves Saint Laurent, el mundo de la moda vivió un momento de incertidumbre al que había que añadir las circunstancias sociales y económicas que dieron vía libre al prêt-à-porter.

Izquierda: Vestido “Chérie” presentado por Dior en 1947. Derecha: Yves Saint Laurent tras el funeral de Dior. Fotografía de Loomis Dean, a.1957

Con esta muestra, el Museo de Bellas Artes parece haberse convertido en el guardarropa de una clienta de las mejores casas de alta costura de los años 50. Un guardarropa perfectamente estructurado según los usos en el vestir de la época, que seguían un estricto protocolo, y engalanado con la magnífica colección que se puede ver de manera permanente en museo. Como destaca la comisaria adjunta de la exposición, “los diseñadores franceses presentes en la muestra no se inspiraron directamente en las obras de la colección del Museo de Bilbao pero las correspondencias entre ambas disciplinas afloran de manera natural y ensalzan las obras”.

Retrato de Juana de Austria (a.1557) de Antonio Sánchez Coello. A la derecha, vestidos de Dior y Balmain de cierto aire historicista realizados en terciopelo de seda bordado.

El pasado mes de marzo el departamento de comunicación del museo organizó una visita guiada en la que varios bloggers contamos con las explicaciones de Miren Arzalluz, que aprovechó la ocasión para recordar la importancia de utilizar con propiedad el término “Alta Costura”. Esta expresión suele emplearse de manera errónea para referirse a la costura a medida, pero sólo se puede otorgar el título de Alta Costura a aquellas firmas que cumplan loss requisitos de la Cámara de la Alta Costura de París.

La comisaria Miren Arzalluz junto al traje Bar presentado por Dior en 1947.

La comisaria Miren Arzalluz junto al traje “Bar” presentado por Dior en 1947.

La exposición sólo podía comenzar de una manera: con el icónico traje Bar presentado en 1947. Con el New Look, Christian Dior dejaba atrás la austeridad impuesta por la Segunda Guerra Mundial (de la que algunos países aún no se habían recuperado del todo) y marcó el comienzo de la edad de oro de la alta costura.

Con esta silueta, el diseñador liberó a la mujer de las restricciones económicas que condicionaron su  guardarropa, pero para ello retomo postulados de la indumentaria del siglo XIX: cintura de avispa y volumen en la falda gracias metros y metros de tela.

Para Dior, el perfecto ejemplo de la silueta “New look” era su vestido “Chérie“, pero en nuestra retina está grabado este conjunto de chaqueta con hombros redondeados, faldones con volumen a la altura de las caderas gracias al relleno y una amplia falda plisada.Ilustración de Christian Bérard, a.1947

Las siguientes salas están dedicadas al vestuario de día y en la primera de ellas se aprecia muy bien la diferencia entre el estilo de Dior y el de Balenciaga, el gran maestro de la Alta costura que nunca cedió ante la presión del prêt-à-porter. El  aire sofisticado y el juego de volúmenes de los trajes de Dior contrasta con la sobriedad y ausencia de artificios del maestro de Guetaria, aunque ambos buscan el mismo resultado: la elegancia.

Traje de Balenciaga y traje “Bernique” de Dior (1951)

En esta sala, junto a un magnifico retablo realizado por Pere Nicolau a finales del s.XIV, destaca un traje de tarde creado por Jacques Fath en 1948. Se trata de un vestido de lana que imita un conjunto de dos piezas y que sigue la linea del New Look de Dior.

Vestido “San Salvador” diseñador por Madame Carven en 1951. La diseñadora se caracterizó por hacer una moda fresca y joven. En 1950 se asoció con otros modistas para experimentar con pequeñas colecciones de prêt-à-porter con el objetivo de aumentar las ventas, pero fue un fracaso.

Las líneas de moda joven, con tejidos más ligeros de estampados alegres perfectos para ir a la playa o al campo, son el origen del prêt-à-porter que se impondría en los 60. Llama la atención la originalidad de algunos conjuntos, formados por bañadores con falda o pantalón, que aportan un aire de frescura y modernidad.

Vestido “Hermeselle” de Hermés (a.1952) y conjunto “Embarcadero” en tonos marrones de Jacques Heim. A la derecha, conjunto de flores en tonos vivos formado por un bañador y una falda diseñado por Suzanne Lajoix en 1947.

En esta sala, Miren Arzalluz aprovechó para resaltar en la importancia del archivo fotográfico a la hora de abordar el montaje de una exposición de indumentaria. Las fotografías de la época (si las hay) son fundamentales para interpretar los vestidos tal y como fueron concebidos por el diseñador y condicionan la manera de exponerlo.

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En el caso del vestido “Hermeselle” de Hermés, se buscó un maniquí de tamaño reducido para que el vestido quedara ablusado. Al comprobar en las imágenes que se conservan en el archivo de la revista Life que la prenda se ajustaba al cuerpo fue necesario utilizar un busto de mayo tamaño.

A lo largo de los años 50 se pusieron de moda diferentes siluetas, en su mayoría marcadas por el contraste de volúmenes. Mientras Balenciaga prefería introducir los cambios de manera gradual en sus sucesivas colecciones, Christian Dior  presentaba en cada desfile una línea distinta. Esto obligaba a utilizar prendas íntimas que modificaran el cuerpo de la mujer cuerpo según la tendencia de la temporada.

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Siluetas propuestas por Christian Dior en cada una de sus colecciones.

Corpiños, fajas, sujetadores, combinaciones, medias de fantasía… La lencería alcanzó tal sofisticación que (casi) podía llevarse sin ninguna otra prenda encima. Hay quien dice que los vestidos de diseñadores como Balenciaga o Pertegaz alcanzaban tal perfección técnica que podían llevarse incluso del revés. Esto podía aplicarse a la lencería de la época, ya que alcanzo tal importancia que (casi) podía prescindirse del vestido. Anécdotas a parte, la perfección y el cuidado en la confección de la lencería influyo en la moda de la época y se realizaron prendas de corte lencero, en raso y encaje.

Los vestidos de estilo lencero y conjuntos de ropa íntima están rodeados de desnudos femeninos, como el del “Rapto de Europa” pintado por Martin de Vos en 1590 (al fondo).

Mientras que el vestuario de día buscaba la funcionalidad sin dejar de lado la sofisticación, los diseñadores daban rienda suelta a su imaginación para elaborar trajes de noche espectaculares. Incluso Chanel y Balenciaga, fieles a la sencillez  y discreción de sus creaciones de día, cedían algo de terreno a la fantasía en sus vestidos de noche.

Vestido de noche realizado en piqué blanco, a.1949. Este tejido parece más adecuado para moda de día pero gracias a la audacia de Jacques Fath como diseñador funciona perfectamente en este vestido de fiesta.

Los modelos de noche destacan por la riqueza de los tejidos con los que están confeccionados y la importancia de  los volúmenes. Unos vestidos que las santas de Zurbarán  parecen mirar con deseo desde las paredes del museo y que están en sintonía con los atavíos que el pintor extremeño diseñó para ellas. No en vano, muchos de estos vestidos muestran influencias de la indumentaria de los retratos del s.XVII y x.XVIII y precisamente por ello, las piezas del Museo Galliera conviven sin problemas con la colección de arte antiguo del museo bilbaíno.

La Santa Isabel de Turingia pintada por Zurbarán hacia 1635-40 observa los vestidos de noche diseñador por Schiaparelli, Jean Dessès o Renée Marchal.

De las paredes del Museo de Bellas Artes cuelgan obras que tienen nombre propio, pero no son las únicas. Los diseñadores ponían nombre a cada uno de sus modelos en un ejercicio de lo que Chanel llamaba con desprecio poesía costurera y que ella evitó numerando sus creaciones. Después de años en el exilio, la mujer que había revolucionado la moda femenina en los años 30 abría de nuevo su casa de costura en 1954. El mismo año en que Schiaparelli, la otra gran protagonista de la alta costura de entreguerras y su rival directa, cerraba su taller.

Vestido “Antonia” de Pierre Balmain (1954) y traje de chaqueta “Esperanto” de Carven (1951)

 Dior aseguraba que dándole un nombre evocador a un vestido no sólo embellecía a una clienta sino que la hacía más feliz. No todos los diseñadores estaban de acuerdo con esta “poesía costurera”, pero es una buena muestra de cómo Dior  dominaba a la perfección el arte de la publicidad.

Chanel consideraba que eran las mujeres quienes debían diseñar y marcar las directrices de la moda femenina,  pero paradójicamente eran una minoría en la Alta Costura. Con su vuelta podía mitigar esa desigualdad e imponer su “Chanel look” frente a la opulencia de la moda de la época, pero con el prêt-à-porter pisándole los talones poco podía hacer para evitar la desaparición del oficio de la Alta Costura tal y como ella lo había conocido.

Las casas de costura intentaron adaptarse de alguna manera a los nuevos tiempos, pero el mundo que había visto nacer estos talleres artesanos estaba dejando de existir y muchas de las casa de moda presentes en la exposición desaparecieron antes de 1960. Chanel confiaba en la convivencia de la confección con la costura, como se desprende de sus palabras: “La confección esta inundando el mundo. Pero mezclar la cantidad con la calidad es una autentica equivocación. Francia será la última vencida. París nunca lo será”. No andaba muy desencaminada…

La exposición “Los años 50. La moda en Francia 1947-1957” podrá visitarse hasta el 31 de Agosto. Para más info:

https://www.museobilbao.com/exposiciones/los-anos-50-la-moda-en-francia-1947-1957-231

Un carnaval de arte y moda

Estos días se ha celebrado el carnaval y el de Venecia es uno de los más antiguos y famosos del mundo. Esta fiesta tiene mucho que ver con la representación teatral, no en vano algunos de los disfraces más populares y representativos son personajes de la Comedia del Arte. Muchos pintores han recogido en sus lienzos escenas de esta popular fiesta por su interés en la teatralidad, mientras que otros artistas se han limitado a emplear el arte del disfraz en sus obras.

                        “El minueto” Tiépolo c.1755

Veronese se retrató en como un noble vestido de cazador en los los frescos que realizó en 1560 en Villa Barbaro.

Veronese se retrató como un noble vestido de cazador en los frescos que realizó en 1560 en Villa Barbaro.

Rembrandt realizó este retrato de su hijo Titus vestido con hábito de monje en 1660. No se sabe muy bien si se trata de una disfraz o de un estudio para otra escena más completa.

Rembrandt realizó este retrato de su hijo Titus vestido con hábito de monje en 1660. No se sabe muy bien si se trata de un disfraz o del estudio para una escena más completa.

Algunos artistas aparecen representados en sus propias obras como personajes de época o se hacían retratar en cuadros y fotografías como los artistas e intelectuales a los que admiraban, tal y como podemos ver en la obra de David Wilkie Wynfield.

Sir John Everett Millais fotografiado por David Wilkie Wynfield como Dante (a.1862)

Por otra parte, es habitual encontrar retratos de los s.XVIII y XIX en los que las figuras aparecen ataviadas con ropajes característicos de otras civilizaciones y épocas, sin hacer referencia a personajes concretos. Este recurso se empleaba para relacionar a los retratados con culturas con la que estaban especialmente vinculados y por las que viajeros, intelectuales y escritores alimentaron el interés en Europa.

NPG 4573; Edward Wortley Montagu by Matthew William Peters     NPG 6538; Sir Theodore Turquet de Mayerne by Unknown artist

Izquierda:  Edward Wortley Montagu, viajero y especialista en lenguas arábigas, retratado por Matthew William Peters en 1775  Derecha: La toga a la romana con la que es retratado el médico Sir Theodore Turquet de Mayerne nos sugiere una conexión con el conocimiento de la antigüedad clásica. Autor anónimo, s.XVII.

Posible retrato de Marie Adelaide de Francia vestida a la turca. Jean-Étienne Liotard a.1753

Posible retrato de Marie Adelaide de Francia vestida a la turca. Jean-Étienne Liotard a.1753

Este tipo de indumentaria puede parecernos un disfraz, pero las culturas clásica y oriental influyeron notablemente en la estética de la época. Un buen ejemplo son  los retratos de mujeres vestidas con kimonos y que podrían parecernos disfrazadas de geishas. En la década de 1870 las mujeres pasaron de usar estas prendas tradicionales para estar en casa a lucir vestidos de calle muy a tono con el japonismo característico del s.XIX.

Capricho en púrpura y oro. La pantalla dorada (a.1864). James Abbott McNeill Whistler. Smithsonian Museum

Capricho en púrpura y oro. La pantalla dorada (a.1864). James Abbott McNeill Whistler. Smithsonian Museum

Un caso muy significativo es el de la moda oriental y Paul Poiret. Durante el s.XIX, Oriente atrajo la atención de artistas y literatos que viajaron a diferentes países del Norte de África y reflejaron en sus obras la fascinación por estas culturas y sus gentes. Esta pasión por el orientalismo se reflejó en la indumentaria decimonónica pero fue Paul Poiret quien hizo del panorama de la moda de principios del s.XX su particular harén.

El diseñador francés ya había presentado algunas de sus exóticas creaciones hacia 1907, pero la representación de los Ballets Russes en París en 1909 consolidó e impulsó esta influencia en la moda y en las artes. Al igual que ocurre con la caracterización de algunos retratos, en ocasiones cuesta diferenciar la moda de la caracterización en las creaciones de Poiret. El artista (como se definía a sí mismo) vivía inmerso en su particular teatro de la moda, creando no sólo diseños orientales sino también la decoración adecuada para la presentación de sus colecciones y su particular modo de vida. Su famoso baile de “Las mil y dos noches”  que se celebró en 1911 es el mejor ejemplo de ello.

             Escena del baile “Las mil y dos noches”

Paul y Denise Poiret organizaron en su residencia del Faubourg Saint-Honoré un baile en honor al egiptólogo Joseph Charles Mardrus y recrearon (junto a Georges Lepape, Raoul Dufy y Jean Cocteau) un palacio asirio de ensueño. Las aves y vegetaciones exóticas hicieron las delicias de los invitados, que acudieron vestidos a la manera persa. Poiret aprovechó la ocasión para presentar algunos de sus diseños orientales, de manera que el espectacular despliegue escenográfico de la fiesta fusionó la mascarada y la acción publicitaria.

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Izquierda: Denise y Paul Poiret disfrazados en la fiesta “Las mil y dos noches”. Derecha: Ilustración realizada por Lepape en la que aparece Denise Poiret en la legendaria fiesta.

Aquella magnifica velada oriental es una de las fiestas míticas del s.XX, pero no es la única que ha pasado a la historia. Desde el s.XVIII hasta la segunda Guerra Mundial se celebraron por todo lo alto numerosos bailes temáticos cuya etiqueta exigía un disfraz ad hoc y en los que la relación con el arte y la moda es más que manifiesta.

Uno de los más curiosos es que el que organizó en 1885 Walter Crane, artista inglés adscrito al movimiento Arts and Crafts, como parte de los festejos que celebraban la construcción de los nuevos edificios del Instituto Real de Pintores de Acuarelas de Londres. El mismo Crane, su esposa y su hijo formaron parte junto a otros artistas de un cuadro viviente que reproducía la famosa obra de Leighton “Cimabue celebrando la Madonna”.

 Walter Crane disfrazado de Cimabue y su mujer Mary Frances como Laura, el objeto de amor en los poemas de Petrarca (a.1897) Fotografía de Sir Emery Walker

Walter Crane y su mujer Mary Frances con los disfraces que utilizaron en la mascarada de 1885. Crane aparece como Cimabue y su mujer como Laura, el objeto del amor de Petrarca (a.1897) Fotografía de Sir Emery Walker

Cimabue celebrando la Madonna(c.1855), Frederic Leighton. National Gallery, Londres.

En el centro aparace Cimabue vestido de blanco. A la derecha vemos un autorretrato de Leighton sobre un caballo y caracterizado con los ropajes de la época. “Cimabue celebrando la Madonna” (c.1855), Frederic Leighton.

El arte puede ser la inspiración para un baile de disfraces pero también puede suceder al contrario, como en el caso de la fiesta que organizó Olga Lynn en 1935. La modelo convocó a la alta sociedad londinense para un baile benéfico cuyo tema era el Olimpo y sus diosas. Las damas más distinguidas acudieron al evento vestidas como diosas griegas y romanas y este desfile de belleza a la antigua inspiró a la fotógrafa Madame Yevonde para su serie “Diosas y otras”. Estas fotografías llaman especialmente la atención por la técnica empleada, el uso del color y su similitud con la fotografía de moda de la época.

 Lady Dorothy Etta Warrender como Ceres. Madame Yevonde

Lady Dorothy Etta Warrender como Ceres (a.1935), Madame Yevonde 

Hablando de espectáculo, arte, moda y mascaradas es difícil no mencionar a Elsa Schiaparelli. La diseñadora que ”disfrazó” a las mujeres de constelaciones, artistas circenses y obras de arte encontró un motivo de inspiración en el baile “La comedia italiana”, ofrecido por Maurice de Rotschild en el París de 1937. Un año después, presentó su colección “La Commedia dell’Arte” que incluía este abrigo tipo arlequín realizado en patchowrk en el que se inspiró Man Ray para realizar su obra “Le beau temps” (a.1939).

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          Estas obras de Schiaparelli y Man Ray fueron realizadas antes del estallido de la Guerra Mundial y en ambas se refleja el estado de ánimo de la sociedad ante el inminente conflicto bélico.

La segunda guerra mundial trajo malos tiempos para la diversión y los fastos, pero una vez resuelto el conflicto bélico tuvo lugar el baile que aún hoy se recuerda como uno de los mejores de todos los tiempos. Aquella inolvidable noche tuvo lugar en el verano de 1951 en el Palazzo Labbia de Venecia, propiedad del decorador español Carlos de Beistegui. El impresionante edificio se decoró con todo lujo de detalles, perfectamente documentados, siguiendo el estilo del s.XVIII y tenía como tema principal “La cena de Clepatra”. Lo más granado de la sociedad se vistió para la ocasión representando diferentes personajes de la literatura, pintura e historia de la época. Todos ellos fueron recibidos por Antonio y Cleopatra, representados en los frescos realizados por Tiépolo en el palacio. Christian Dior acudió con un traje diseñado por Dalí y a su vez fue el artífice de alguno de los disfraces de la fiesta, como el que realizó para Alix de Rothschild. El corpiño y la falda con crinolina hacían parecer a la baronesa una pastora de los bucólicos cuadros de Watteau.

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Izquierda: Lady Diana Cooper en el centro de un grupo de invitados Derecha: Jacques Fath junto a su mujer Geneviève.

Otro nombre de la edad de oro de la Alta Costura, Jacques Fath, acudió a la fiesta de Beistegui vestido como el Rey Sol y ese mismo año fue el anfitrión de dos memorables bailes de máscaras en su castillo de Corbeville: “Hollywood 1925” y “Blanco y rojo”. Este último se ambientó en la corte francesa del s.XVIII y Fath recibió a sus invitados entre rosas rojas y reproducciones vivientes de cuadros de Watteau y Fragonard.

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Izquierda: Jacques Fath y su mujer Geneviève, vestida como María Antonieta, recibiendo a sus invitados. Derecha: Tony Pawson y David Bloomingdale.

A pesar de que tras la segunda guerra mundial estos fastuosos eventos fueron cada vez menos habituales, la segunda mitad del s.XX ha sido testigo de fabulosas mascaradas. Un buen ejemplo es el baile “Cabezas surrealistas” ofrecido por los Rotschild en 1972, en el que el arte y la moda fueron protagonistas indiscutibles.

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Izquierda: Jacqueline Delubac con un disfraz inspirado en la obra “El hijo del hombre” de Magritte Derecha: El barón Alexis de Redé con un sombrero diseñado por Dalí, que también acudió a la fiesta.

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El anverso de la invitación que enviaron los barones de Rotschild  estaba escrita al revés sobre un cielo de Magritte.

En las últimas décadas algunos diseñadores han hecho de la vertiente más extravagante de la moda su seña de identidad, deleitándonos con artificios que en ocasiones se acercan al disfraz. Las imaginativas puestas en escena y la espectacularidad de algunas creaciones nos hacen sentir como un invitado más de aquellos lujosos bailes que nos siguen haciendo soñar.

Christian Dior. Colección Alta Costura Otoño/Invierno 2005

Christian Dior. Colección Alta Costura O/I 2005

El desfile de Jorge Vázquez en el Palacio de Fernán Nuñez.

Hubo un tiempo en el que los palacios acogían las reuniones, los bailes y los acontecimientos mas importantes de las familias aristocráticas. Muchos de esos nobles edificios ya no están habitados y han dejado atrás los días de boato pero de vez en cuando recuperan el bullicio de los acontecimientos sociales para lucir en todo su esplendor en pleno s.XXI. Es el caso del palacio de Fernán Núñez, el lugar elegido por el diseñador Jorge Vázquez para presentar el pasado 6 de Febrero su colección invierno 2015/2016.

Las obras de este palacio situado en la calle Santa Isabel de Madrid fueron iniciadas a finales del s.XVIII por el duque de Alburquerque y marqués de la Mina y llevadas a cabo por Antonio López Aguado, arquitecto y discípulo de Villanueva. En 1847 su hijo Martín López Aguado dirigió las obras de remodelación, manteniendo la fachada y añadiendo la decoración de época isabelina que podemos admirar hoy día.

En el interior del palacio se atesoraban valiosas obras de Velázquez, Murillo, Goya y Federico de Madrazo así como piezas de artes decorativas. Muchas de estas obras fueron vendidas o retiradas por la familia tras la venta del edificio en 1941 a la Compañía de Ferrocarriles del Oeste pero aún se pueden ver en su interior los frescos realizados por Vicente Palmaroli y algunas copias de los cartones para tapices realizados por Goya.

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Salón Isabelino en el que se puede ver una obra del pintor francés Greuze. Foto: Revista La Voluntad a.1920

Sorprende encontrar tras la fachada neoclásica del edificio el refinamiento y el lujo afrancesado de las estancias que acogieron el desfile y que nos transportan a otra épocaNada más entrar en el palacio el perfume de las velas y flores frescas recibía a los asistentes al evento. Un aroma a rosas que se hacía más intenso al ascender los peldaños de la escalera que conduce al piso noble. El suelo de marquetería sobre el que antaño se daba cita la alta sociedad madrileña se cubrió para la ocasión con una moqueta rosa y el capitoné de los muebles de estilo isabelino fue sustituido por sillas doradas de estilo Napoleón III, muy apreciadas por Christian Dior y  tradicionalmente asociadas a la Alta Costura.

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Detalle de la decoración en Salón de estuco       Foto: Hola.com

Las modelos aguardaron su turno para salir a la pasarela en el salón rojo (antiguo despacho del duque) bajo la atenta mirada de un retrato de Fernando VII, monarca que concedió el título nobiliario al primer duque de Fernán Nuñez en 1817.

En el salón rojo puede verse un busto de Maria Antonieta, una de las primeras creadoras de moda y tendencias de la historia. Desde allí las modelos iniciaron su recorrido sobre la pasarela, que atravesaba el salón de baile, el salón isabelino y el salón amarillo. Foto: villaycortedemadrid.com

Durante la espera para el comienzo del desfile era inevitable elevar la vista y admirar la belleza del salón de baile de estilo rococó afrancesado. Dos espectaculares lámparas de Baccara,t realizadas por Paillard, se reflejaban en los enormes espejos dorados y las figuras de los frescos realizados por Palmaroli parecían esperar ansiosas el comienzo del espectáculo. Una vez apagadas las luces, las modelos hicieron su aparición bajo unas cortinas de seda de Lyon y el escudo heráldico de la familia rodeado de figuras alegóricas.

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Al ritmo de la música del desfile la modernidad irrumpió en la sala con una colección sofisticada y llena de referencias a décadas pasadas que podríamos haber visto perfectamente en la pasarela parisina. Las modelos lucieron prendas de líneas evasé, grandes botones y tejidos gruesos mezclados con vinilo, un material que recuerda a la moda futurista de los años 60 pero con un aire menos espacial, renovado y fácil de llevar al emplearse adornado con cristales y sobre troquelados.

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El pelo de cabra en los zapatos de salón llamó poderosamente la atención. Estos complementos recuerdan a las botas realizadas con este material que presentó André Courrèges en 1964 y que causaron furor, ya que era la primera vez que se empleaba este material en el calzado.

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Las transparencias  atrevidas y sofisticadas son una de las señas de identidad de la moda de los años 60 y 70.

El aire de los setenta se hizo notar en los pantalones de campana que estuvieron tan de moda a partir de 1975 y que, al parecer, volverán a ser tendencia. En su momento esta prenda se adornaba con bordados de flores, motivos que Jorge Vázquez sustituye por piezas de cristal de gran tamaño. La parka y el contraste de proporciones que dan los voluminosos abrigos de pelo sobre vestidos cortos o conjuntos de aire masculino al estilo Annie Hall fueron otras de las propuestas de sabor setentero.

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El estilo disco de los 70 se dejó ver en la chaqueta bordada con el nombre de la colección de Jorge Vázquez y un elegante mono combinado con guantes.

 El protagonista de alguna de las salidas del desfile fue el punto, un material más que apropiado para el invierno y que estuvo muy de moda en los años 70. Jorge Vázquez lo utiliza en vestidos con vuelo al estilo años 50 o en prendas largas ajustadas que dejan poco a la imaginación y siguen la línea de las propuestas de Courrèges y los vestidos tipo tubo de Halston.

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Un complemento especialmente llamativo fue un manguito de piel combinado con unos guantes largos que suponía un guiño al ambiente decimonónico del palacio.

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Algunas prendas del desfile hacían referencia al New Look de Dior con faldas corola que marcaban la cintura.

Jorge Vázquez presentó una colección de tonos claros (a excepción de los complementos y algunas concesiones al negro y el rojo) llena de contrastes en el uso de los tejidos, los volúmenes y la combinación de prendas. Contrastes que se advierten en la modernidad de sus propuestas combinadas con referencias a diferentes momentos de la Historia de la Moda y la presencia de creaciones contemporáneas en un entorno que realzaba la sofisticación del desfile.

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Aunque los tiempos de ostentación de los que hacía gala el s.XIX quedan muy atrás, es precisamente el refinamiento de tiempos pasados lo que en muchas ocasiones buscan los diseñadores para la puesta de largo que supone un desfile. No es la primera vez que Jorge Vázquez presenta su colección en un entorno  privilegiado como el Palacio de Fernán Núñez, ya que en temporadas pasadas escogió los jardines de la Embajada Francesa y el Real Jardín Botánico de Madrid.

En países como Francia e Italia es habitual que las colecciones de la semana de la moda se presenten en lugares de interés artístico y esa acertada asociación entre el arte y la moda contribuye a la consideración de esta última como un bien cultural que es importante proteger y difundir.

Imagenes del desfile: trendencias.com

El último maestro: Hubert de Givenchy en el Museo Thyssen.

La moda ha entrado en el Museo Thyssen y lo ha hecho por la puerta grande con la exposición dedicada a Hubert de Givenchy, que vestirá el museo con las creaciones del maestro de la Alta Costura hasta el próximo 18 de Enero.

Las creaciones de Givenchy forman parte de las colecciones de museos de moda de todo el mundo y a comienzos de los años noventa instituciones como el FIT de Nueva York o el Museo Galliera de Nueva York le dedicaron exposiciones antes de su retirada en 1996, pero esta es la primera vez que un museo no especializado en indumentaria le dedica una muestra a toda su carrera. Este proyecto llega casi diez años después de su ultimo desfile y según ha explicado el mismo Givenchy, el hecho de que la exposición tenga lugar en España y en el Museo Thyssen (cuya colección como experto en arte conoce bien) hizo que la propuesta fuera imposible de rechazar.

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Hubert de Givenchy en las salas de la exposición. Fotografía: http://www.rtve.es

Según Eloy Martínez de la Pera, comisario de la muestra, no se trata de una retrospectiva  más de su carrera sino “una visión de lo que Givenchy entiende por belleza”. El  valor añadido de esta exposición radica en que el mismo diseñador se ha implicado totalmente en todo el proceso: ha bocetado los modelos expuestos,los textos de las salas son suyos y ha supervisado hasta el último detalle de los modelos y maniquíes, encargándose él mismo de los accesorios. No podía ser de otra manera dada la importancia que el modista ha dado siempre a ese aspecto de su trabajo: en sus desfiles presentaba sus modelos con todos los accesorios y adornos que consideraba adecuados, ocupándose incluso del peinado que le iba mejor a cada vestido.

Hubert de Givenchy supervisando el montaje de la exposición junto a Igor Uría, conservador del Museo Cristóbal Balenciaga.

Hubert de Givenchy supervisando el montaje de la exposición junto a Igor Uría, conservador del Museo Cristóbal Balenciaga. Foto: Facebook Museo Thyssen

Detalle de los zapatos de los maniquíes: un acierto total.

Boceto de Givenchy de uno de sus modelos de la colección Invierno 1992. Imagen: Museo Thyssen- Bornemisza.

Detalle de los zapatos de los maniquíes: un acierto total.

Detalle del calzado de los maniquíes.

La exposición es un homenaje más que merecido a un maestro de la costura que se ha hecho un hueco en la historia de la moda basándose en la elegancia sin artificios,  la búsqueda de la perfección y adelantándose en muchas ocasiones a su época. Tal y como explicó Lorenzo Caprile en una conferencia organizada por los Amigos del Museo Thyssen, la carrera de Givenchy no será recordada por presentar en sus colecciones grandes hitos (a excepción de algunas creaciones y la propuesta de siluetas novedosas) sino por crear un estilo propio. Un “estilo Givenchy” fácilmente reconocible por sus lineas limpias,tejidos de calidad y la maestría en el manejo del color, desde el negro hasta los colores más vibrantes.

Publicación de moda de 1957 con ilustraciones de las siluetas propuestas por Balenciaga (derecha) y Givenchy (izquierda), como el abrigo “en oeuf” que se puede ver en la exposición.

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Sorprende recorrer la exposición, compuesta por creaciones desde los años 50 a los 90,  y apreciar que los modelos de Givenchy son actuales a pesar de haber sido diseñados hace décadas. Ésto se debe al equilibrio de sus creaciones, un equilibrio que contrasta con la imagen de enfant terrible que tuvo en su época a pesar de que hoy se le considera un diseñador más bien clásico.

Hubert de Givenchy tuvo un punto rompedor que abrió camino en mucho aspectos en la industria de la moda y que fue clave para el éxito de su maison. Creó un prêt-à-porter de lujo, un concepto que ya puso en marcha con gran éxito estando al frente de la boutique de Elsa Schiaparelli y que se basaba en colecciones realizadas en tejidos de calidad pero menos costosos como el popelín y prendas fácilmente combinables entre sí, su famosa línea separates. También utilizó materiales de lujo y otros más novedosos como el plástico o el metal, pero sin pretender ser rabiosamente futurista como Courrèges o Rabanne. Givenchy utilizaba estos elementos para realizar originales bordados sobre trajes de corte clásico, dándole un toque de modernidad a la elegancia sencilla y sofisticada que caracteriza sus prendas.

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Vestido de novia con cuerpo en organza bordado con pailletes, piel dorada y plástico. Colección Invierno 1992

Esta exposición es un homenaje a Givenchy, a todo aquello que le ha inspirado en su trabajo y a todas las personas que han formado parte, de alguna manera, de su maison. Y es que la muestra está llena de nombres propios; nombres que forman parte de la historia del cine, de la moda, de la cultura del s. XX y de la biografía del diseñador.

En el recorrido por las ocho salas se siente la presencia de dos grandes figuras de la alta costura, Yves Saint Laurent y Cristóbal Balenciaga. En las creaciones de Givenchy se aprecia claramente la influencia de Yves Saint Laurent partir de los años 70, tras la retirada de Balenciaga, pero como él mismo reconoce (siempre con palabras de admiración) su maestro e ideal a seguir fue el diseñador vasco.

Hubert de Givenchy admira a Balenciaga desde que siendo un niño descubrió en una revista de modas la primera colección que presentó en París en 1937: tenía sólo diez años y no podía imaginarse que el mito de la costura parisina le apoyaría en su carrera y se convertiría en un gran amigo.De él tomó  la sencillez (que no simplicidad) en la ropa de día y el romanticismo en los trajes de noche, así como la maestría en el manejo de los tejidos y el color negro.

“Como en la pintura o la escultura, todos tienen su maestro. Balenciaga fue el mio”

                                                                                                  Hubert de Givenchy.

Santa Casilda de Zurbarán a.1630-35. Colección Museo Thyssen

Santa Casilda de Zurbarán (a.1630-35) Colección Museo Thyssen

Givenchy aprendió del maestro de Guetaria el manejo de los volúmenes y la riqueza de los tejidos. Estas características se aprecian en el vestido de la “Santa Casilda” de Zurbarán (c.1630), obra perteneciente a la colección del Museo Thyssen y que sirvió de inspiración para uno de los vestidos más famosos de Balenciaga.

La primera sala de la exposición es un recuerdo lleno de agradecimiento a una persona y una prenda fundamentales en los inicios de la casa Givenchy: Bettina Graziani. A ella, una de las modelos más famosas de París y relaciones públicas de la maison, se debe gran parte del éxito del primer desfile de Givenchy que tuvo lugar en 1952 tras dejar la casa de costura de Elsa Schiaparelli. Bettina consiguió que la prensa acudiera en masa al desfile y que las mejores modelos de la época lucieran en la pasarela la primera colección de un jovencísimo, que no desconocido, Hubert de Givenchy.

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Imágenes de la preparación de la colección y el primer desfile de Givenchy en 1952. A la izquierda el diseñador durante las pruebas con Bettina y a la derecha la modelo desfilando.Fotografías: Life Magazine.

La colección tuvo una acogida espectacular por su frescura y la propuesta de prendas fácilmente combinables (su línea Separates) siendo la pieza estrella de la colección la blusa Bettina, bautizada así en honor a la modelo y amiga del diseñador. A sus 25 años,Givenchy conquistó París con una “simple” blusa blanca.

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Hubert de Givenchy y Bettina tras el desfile

Blusa Bettina junto a una footgrafia de la epoca y l ailustracion realizada por Rene Gruau

Conjunto formado por una falda de gabardina y la blusa Bettina, realizada en algodón blanco y mangas de volantes con encaje inglés. Esta prenda abrió el primer desfile de Givenchy y se vendieron cientos de ejemplares de ella.

Sería impensable organizar una exposición sobre Givenchy y no darle un lugar destacado a  Audrey Hepburn. No es posible abordar  la figura de uno y otro por separado desde aquel feliz encuentro entre el diseñador y la actriz en 1952, cuando una desconocida Miss Hepburn acudió al taller de Givenchy en busca del vestuario para su película Sabrina. La relación profesional se convirtió en una sincera y estrecha amistad, siendo la actriz una pieza fundamental en la carrera y en la vida de Givenchy. Las anécdotas que cuentan las personas allegadas y el propio Givenchy dan testimonio del inmenso cariño y admiración (personal y profesional) que se profesaban, por lo que la visita a la sala dedicada a Audrey Hepburn es especialmente emotiva.

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En la imagen de la izquierda,  Givenchy y Audrey Hepburn durante unas pruebas de vestuario en 1957 y a la derecha fotografiados en París por Sergio Strizzi a.1979

Ella fue algo más que su musa, juntos crearon un estilo acorde al ideal de elegancia de ambos que queda perfectamente reflejado en la exposición. Los modelos de Givenchy que se han grabado en nuestra memoria son aquellos que creó para Audrey Hepburn, ya fuera para la gran pantalla o para su guardarropa personal. Desde Sabrina, Audrey contó con Givenchy para el vestuario de sus películas (a no ser que las sofisticadas creaciones del modista fueran inadecuadas por exigencias del guion) y en su vida privada también, haciéndole una media de doce encargos por temporada.

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En la exposición se puede ver una de las tres copias del famoso vestido columna de “Desayuno con diamantes” (a.1961) Una de ellas, probablemente la que se usó en la película, fue donada por Givenchy al Museo del Traje de Madrid en 2006, otra fue subastada con fines benéficos y adquirida por Bernard Arnault y el hijo de la actriz, Sean Ferrer, es el propietario de la tercera y última copia.

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Vestido de cocktail en encaje negro que Audrey Hepburn lució en la película “Cómo robar un millón”. El antifaz de encaje fue una idea de Audrey Hepburn y aunque en un principio no convenció mucho a Givenchy, el diseñador reconoció que era todo un acierto.

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Espectacular vestido con cuerpo de plumas y fajín de lentejuelas de la colección de alta costura Invierno 1988/89 con el que Audrey Hepburn entregó un premio a su amigo Richard Avedon.

La naturaleza es una de las pasiones que compartían Audrey y Givenchy, ambos adoraban las flores y cuidaban con mimo sus jardines. También es una de las fuentes de inspiración del diseñador y se ha querido destacar en la exposición convirtiendo una de las salas en un delicado bouquet de flores salpicado de originales vestidos de novia. Muchas mujeres confiaron en Givenchy para crear el traje mas importante de su vida y es que la fidelidad a la maison es una de las características de sus clientas.

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El diseñador se muestra agradecido con todas esas mujeres que durante 44 años acudieron a su taller  y que hicieron de su casa de modas un éxito. Mujeres anónimas o mundialmente famosas, muchas de ellas eran viejas conocidas de su época en el taller de alta costura de Schiaparelli (como la duquesa de Windsor o  Marisa Berenson) mientras que otras acudieron al taller de Givenchy de la mano de Balenciaga cuando este se retiró y le indicó a sus mejores clientas dónde debían vestirse a partir de ese momento.

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Izquierda: Vestido en organza estampada diseñado por Givenchy en 1966. Derecha: Vestido y abrigo en satén con cuerpo bordado que Jackie Keneddy lució en su viaje oficial a Francia en 1961.

El éxito de su taller  llenó de felicidad al propio Hubert pero también a sus seres queridos, de quienes recibió el apoyo en su deseo de dedicarse a la moda desde que era un niño. Según Eloy Martínez de la Pera, la exposición es también un homenaje a su familia, que le enseño a apreciar la belleza en el arte y en la indumentaria.

Hubert de Givenchy creció rodeado de arte y hoy día es un gran coleccionista de obras del s.XVII, s.XVIII y XX.  Fotografía: conjunto de lamé dorado diseñado por Givenchy en 1990 rodeado de obras de arte y antigüedades en la casa parisina del diseñador. 

Esta pasión de Givenchy por el arte ha hecho que algunas de sus creaciones dejen entrever su gusto por la pintura o las artes decorativas. Ya en los años 40, cuando trabajaba con Jacques Fath, acudía a museos, exposiciones y bibliotecas en busca de inspiración para sus creaciones y una vez al frente de su propia casa de modas dedicó algunas de sus colecciones a artistas como Rothko o De Stäel.

Como no podía ser de otra manera tratándose de una exposición en el Museo Thyssen, el propio Givenchy quiso que sus creaciones se mostraran acompañadas de algunas de las obras del museo para ilustrar la confluencia entre el arte y la moda en sus colecciones. Según explica Guillermo Solana, en este aspecto de la exposición ha tenido gran importancia el criterio de Philippe Venet, una persona fundamental en la vida y la carrera de Givenchy y también coleccionista. Según Venet las creaciones de Givenchy no reproducen literalmente obras de arte pero sí hay una inspiración común, tal y como ilustra la selección de obras de la colección Thyssen que se pueden ver en la exposición.

Vestido de noche realizado en tafetán (a.1971) y estampado inspirado en la obra de Joan Miró.

Vestido de noche realizado en tafetán (a.1971) y estampado inspirado en la obra de Joan Miró.

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Algunos modelos de Givenchy comparten el colorido y geometría de los cuadros de Robert Delaunay  y Theo van Doesburg (izquierda) o Mark Rothko (derecha).

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La obra de Max Ernst “Treinta y tres muchachas salen a cazar la mariposa blanca” (a.1958) junto a un espectacular vestido de pedrería.

En los modelos expuestos podemos admirar el trabajo de las modistas y los maestros artesanos con los que Givenchy trabajó siempre y que hacen que sus creaciones parezcan autenticas joyas gracias a los bordados, los brocados, la pedrería… El diseñador reconoce su aportación al éxito de su maison, un reconocimiento más que merecido teniendo en cuenta que  la muestra se presenta como un homenaje al último maestro de la Alta Costura; el maestro de un oficio que lamentablemente está desapareciendo y con él muchas profesiones afines.

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Conjunto de noche en terciopelo negro con bordados de vinilo e hilo dorado.

El joven Hubert de Givenchy aprendió con Schiaparelli la importancia de los botones ya que la italiana hizo de estos elementos pequeñas obras de arte contando con verdaderos artistas para su diseño.

Detalle de un vestido de noche de la colección Invierno 1991 que simula un bolero con este bordado en lentejuelas, piedras de colores y coral.

Givenchy recuerda en su biografía algunos de los talleres con los que trabajo como los de madame Brossin de Méré.

“La moda forma parte de la vida. La vida cambia, las épocas cambian”

                                                                                                        Hubert de Givenchy

Esta exposición nos invita a reflexionar sobre cómo ha evolucionado la moda y es una oportunidad  para asomarse a un mundo que ya no existe, el de la alta costura tal y como la conoció Givenchy, y a la figura de un diseñador que ha vivido en primera persona buena parte de la Historia de la Moda.

Museos con mucha tela que cortar

Ubuntu es una palabra sudafricana que se refiere a la relación entre personas y la lealtad entre ellas y puede tener diferentes significados. Además de una palabra preciosa, por su sonoridad y su significado, es el nombre de la empresa de proyectos educativos de Stella Maldonado: Ubuntu Cultural.

Haciendo honor a la acepción de la palabra “Ubuntu” como “enlace universal que conecta la humanidad” su página web cuenta con un blog, cuya lectura es más que recomendable, en el que diferentes profesionales de la Cultura comparten su visión sobre temas relacionados con el arte, la gestión cultural o la educación artística.

Cuando puse en marcha este blog Stella me propuso una colaboración con Ubuntu y sin pensármelo dos veces acepté encantada. Siendo el Arte y la Moda el tema principal del artículo quise escribir sobre una cuestión de plena actualidad y que me apasiona: la Moda como estrella invitada en Museos que no están dedicados a las creaciones textiles.

Aquí está el resultado, espero que os guste.

http://ubuntucultural.com/museos-mucha-tela-que-cortar/

1, 2, 3… Splash!

 

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Long Island, 1951. Jackson Pollock se encuentra en el jardín de su casa y taller ante un lienzo extendido en el suelo. Antes de comenzar a trabajar se sienta en una silla y se cambia de zapatos: su calzado de batalla son unas botas salpicadas, como sus cuadros, de pintura. Una mosca se posa en el lienzo y queda atrapada en la pintura aún fresca. La reacción más común sería liberarla pero Pollock decide dejarla allí, como una salpicadura más: le gustaba incluir elementos extraños en sus cuadros como ceniza de su cigarrillo, arena o vidrio molido.

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Detalle de la obra One: Number 31 (1950) de Pollock, mosca incluida. Imagen: http://www.moma.org

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Pollock trabajando con arena en el jardín de su casa de Springs (Long Island) en 1949. Imagen: Martha Holmes para Life

Pollock pintando en su estudio ©Hans Namuth

Pollock pintando en su estudio. Imagen: Hans Namuth

Del mismo modo que esos “accidentes de estudio” forman parte de la obra de Pollock  ¿podríamos considerar como tal sus botas manchadas de pintura? El artista no pretendía hacer de su calzado una prolongación de sus lienzos pero es curioso que sus botas acaben cubiertas de pintura, como si de alguna manera fueran parte de esas composiciones que parecen sobrepasar la superficie pictórica sin límite alguno.

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Pollock trabajando en el jardín de su casa de Springs (Long Island). Imagen: Hans Namuth

La ropa y el calzado de trabajo de Pollock manchados de pintura se han convertido en objetos fetichistas y han sido fuente de inspiración para muchos diseñadores que han querido dar un toque artístico a sus creaciones tomando el expresionismo abstracto como referencia.

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1. Matthew Williamson (Primavera 2001)  2. Tibi (Otoño 2010)  3. Jean Paul Gaultier (Primavera 2011) 4. Sportmax (Otoño 2014)  5. Vestido vintage de los años 50  6. Carolina de Mónaco con un vestido de Alta Costura de Christian Dior de la colección  Otoño/Invierno 1984-85

Roy Halston, uno de los grandes nombres del prêt-à-porter americano de los años setenta, se inspiró directamente en los motivos abstractos de Pollock para crear en 1969 este vestido en tricot estampado. No es casual que el diseñador se fijara en uno de los artistas más importantes de la historia del arte ya que antes de dedicarse a la moda se formó en la Escuela de Arte del Institute of Art de Chicago y su relación personal y profesional con Andy Warhol es un buen ejemplo de lo bien que pueden llevarse la moda y arte.

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Más recientemente, diseñadores como Christian Louboutin y Bottega Veneta han incluido en sus colecciones zapatos con un estampado que nos recuerdan a las obras de Pollock y sus botas customizadas.

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 Zapatos diseñados por Bottega Veneta, Jeremy Scott y el famoso modelo “Pigalle” de Christian Louboutin  en su versión más artística. 

Uno  de los primeros artistas que experimentó con el drip painting fue el surrealista Max Ernst. Haciendo un guiño a este movimiento y a la pintura de acción, el estudio de diseño Be Nice diseñó un par de zapatos salpicados de pintura roja que ironizan de manera ¿sutil? sobre la agresividad del consumismo.

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Sales Spree (2011), Be nice Studio.

La aceptación del expresionismo abstracto como movimiento artístico a comienzos de los años 50 y su aparición en los medios de masas hicieron que las drip painting de Pollock se convirtieran en bienes de consumo para una sociedad en la que imperaba el interés del mercado y en una de las tendencias de la época.

Este hecho no pasó inadvertido para el mundo de la moda y en 1951 la revista Vogue publicó una serie de fotografías realizadas por Cecil Beaton con las obras de Pollock como fondo, a modo de paneles decorativos, de unas imágenes que combinan lo mejor de la moda y el arte americanos de la época. Un año antes esa sesión de fotos, en Agosto de 1949, la revista Life había incluido un artículo con el siguiente titular: “Es Jackson Pollock el artista vivo más importante de EE.UU?”. Pollock y sus drip paintings estaban de moda, pero a lo largo de su carrera no todo fueron elogios.

Cecil Beaton Pollock Vogue Drip Painting Expresionismo abstracto

Una de las fotografías de “American Fashion: The New Soft Look” realizadas por Cecil Beaton y publicadas en Vogue en Marzo de 1951. Detrás de la modelo se puede ver la obra de Pollock Autumn Rythm (Number 30)  

Artículo sobre Pollock publicado en la revista Life el 8 de agosto de 1949

Artículo publicado por la revista Life en Agosto de 1949

La técnica aparentemente sencilla y la espontaneidad del trabajo del artista hicieron que surgieran voces que le acusaron de realizar obras que no tenían ningún mérito artístico. En más de una ocasión hemos escuchado la frase “Eso puede hacerlo hasta un niño”  refiriéndose a ciertas obras y suele ser un motivo recurrente para hacer una parodia del arte contemporáneo. El director de “La Gran Belleza” recurre a este argumento en una de las mejores escenas de la película, impresionante por la belleza de las imágenes y terrible a la vez por la crítica que hace del mundo del arte.

La Gran Belleza arte contemporáneo expresionismo abstracto pollock

Pollock defendía el valor de sus obras explicando que no eran fruto del azar: no utilizaba bocetos ni dibujos previos pero en todo momento tenía en mente la composición que quería conseguir y el movimiento que debía realizar para ello.

“Cuando pinto tengo una idea general de lo que hago. Puedo controlar el flujo de pintura: no existe nada accidental”. (Life, Agosto 1949)

Fragmento del documental “Jackson Pollock 51” que el fotógrafo alemán Hans Namuth grabó en 1950 en la casa del artista en  Long Island.

Algunas de las palabras que ciertos críticos le dedicaron tras sus primeras exposiciones en la galería Betty Parsons de Nueva York  incluyen expresiones como “caos”, “desintegración catártica”, “macarrones gratinados” o  “maraña de pelo enredado”. Sería interesante escuchar lo que dirían esos mismo críticos de Millie Brown, una artista inglesa de 27 años que en sus performance “Muted Chronology” realiza obras abstractas ingiriendo leche coloreada y vomitándola sobre un  lienzo o sobre prendas de vestir, uniendo de nuevo la pintura de acción y la moda.

Millie Brown Expresionismo abstracto pintura de acción performance Pollock

Millie Brown en acción

Si pudiéramos ponernos en las botas de Pollock y saber qué piensa de todo esto…

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