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La Alta Costura francesa de los años 50 en el Museo de Bellas Artes de Bilbao

Cuando leemos en la misma frase las expresiones “Alta Costura” y “años 50” nos viene a la mente la imagen de un mundo de elegancia y sofisticación que, desgraciadamente, hace tiempo que dejó de existir. Nunca podremos respirar el ambiente de los salones de Pierre Balmain o Jacques Fath, pero si nos acercamos al Museo de Bellas Artes de Bilbao podremos revivir el esplendor de la edad de oro de la Alta Costura gracias a la exposición “Los años 50. La moda en Francia 1947-57”.

El Museo Galliera de París acogió en 2014 esta muestra comisariada por Olivier Saillard y en esta ocasión, la encargada de adaptar la muestra a las características del Museo de Bellas Artes de Bilbao ha sido la experta en Historia del Traje Miren Arzalluz. La cronología de la exposición está marcada por la presentación de la colección “Corolle” de Dior en 1947 y el fallecimiento del diseñador diez años después, un triste acontecimiento que marcó de manera simbólica el final del esplendor de la costura. Tras la inesperada muerte de Dior, que fue sucedido por su discípulo Yves Saint Laurent, el mundo de la moda vivió un momento de incertidumbre al que había que añadir las circunstancias sociales y económicas que dieron vía libre al prêt-à-porter.

Izquierda: Vestido “Chérie” presentado por Dior en 1947. Derecha: Yves Saint Laurent tras el funeral de Dior. Fotografía de Loomis Dean, a.1957

Con esta muestra, el Museo de Bellas Artes parece haberse convertido en el guardarropa de una clienta de las mejores casas de alta costura de los años 50. Un guardarropa perfectamente estructurado según los usos en el vestir de la época, que seguían un estricto protocolo, y engalanado con la magnífica colección que se puede ver de manera permanente en museo. Como destaca la comisaria adjunta de la exposición, “los diseñadores franceses presentes en la muestra no se inspiraron directamente en las obras de la colección del Museo de Bilbao pero las correspondencias entre ambas disciplinas afloran de manera natural y ensalzan las obras”.

Retrato de Juana de Austria (a.1557) de Antonio Sánchez Coello. A la derecha, vestidos de Dior y Balmain de cierto aire historicista realizados en terciopelo de seda bordado.

El pasado mes de marzo el departamento de comunicación del museo organizó una visita guiada en la que varios bloggers contamos con las explicaciones de Miren Arzalluz, que aprovechó la ocasión para recordar la importancia de utilizar con propiedad el término “Alta Costura”. Esta expresión suele emplearse de manera errónea para referirse a la costura a medida, pero sólo se puede otorgar el título de Alta Costura a aquellas firmas que cumplan loss requisitos de la Cámara de la Alta Costura de París.

La comisaria Miren Arzalluz junto al traje Bar presentado por Dior en 1947.

La comisaria Miren Arzalluz junto al traje “Bar” presentado por Dior en 1947.

La exposición sólo podía comenzar de una manera: con el icónico traje Bar presentado en 1947. Con el New Look, Christian Dior dejaba atrás la austeridad impuesta por la Segunda Guerra Mundial (de la que algunos países aún no se habían recuperado del todo) y marcó el comienzo de la edad de oro de la alta costura.

Con esta silueta, el diseñador liberó a la mujer de las restricciones económicas que condicionaron su  guardarropa, pero para ello retomo postulados de la indumentaria del siglo XIX: cintura de avispa y volumen en la falda gracias metros y metros de tela.

Para Dior, el perfecto ejemplo de la silueta “New look” era su vestido “Chérie“, pero en nuestra retina está grabado este conjunto de chaqueta con hombros redondeados, faldones con volumen a la altura de las caderas gracias al relleno y una amplia falda plisada.Ilustración de Christian Bérard, a.1947

Las siguientes salas están dedicadas al vestuario de día y en la primera de ellas se aprecia muy bien la diferencia entre el estilo de Dior y el de Balenciaga, el gran maestro de la Alta costura que nunca cedió ante la presión del prêt-à-porter. El  aire sofisticado y el juego de volúmenes de los trajes de Dior contrasta con la sobriedad y ausencia de artificios del maestro de Guetaria, aunque ambos buscan el mismo resultado: la elegancia.

Traje de Balenciaga y traje “Bernique” de Dior (1951)

En esta sala, junto a un magnifico retablo realizado por Pere Nicolau a finales del s.XIV, destaca un traje de tarde creado por Jacques Fath en 1948. Se trata de un vestido de lana que imita un conjunto de dos piezas y que sigue la linea del New Look de Dior.

Vestido “San Salvador” diseñador por Madame Carven en 1951. La diseñadora se caracterizó por hacer una moda fresca y joven. En 1950 se asoció con otros modistas para experimentar con pequeñas colecciones de prêt-à-porter con el objetivo de aumentar las ventas, pero fue un fracaso.

Las líneas de moda joven, con tejidos más ligeros de estampados alegres perfectos para ir a la playa o al campo, son el origen del prêt-à-porter que se impondría en los 60. Llama la atención la originalidad de algunos conjuntos, formados por bañadores con falda o pantalón, que aportan un aire de frescura y modernidad.

Vestido “Hermeselle” de Hermés (a.1952) y conjunto “Embarcadero” en tonos marrones de Jacques Heim. A la derecha, conjunto de flores en tonos vivos formado por un bañador y una falda diseñado por Suzanne Lajoix en 1947.

En esta sala, Miren Arzalluz aprovechó para resaltar en la importancia del archivo fotográfico a la hora de abordar el montaje de una exposición de indumentaria. Las fotografías de la época (si las hay) son fundamentales para interpretar los vestidos tal y como fueron concebidos por el diseñador y condicionan la manera de exponerlo.

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En el caso del vestido “Hermeselle” de Hermés, se buscó un maniquí de tamaño reducido para que el vestido quedara ablusado. Al comprobar en las imágenes que se conservan en el archivo de la revista Life que la prenda se ajustaba al cuerpo fue necesario utilizar un busto de mayo tamaño.

A lo largo de los años 50 se pusieron de moda diferentes siluetas, en su mayoría marcadas por el contraste de volúmenes. Mientras Balenciaga prefería introducir los cambios de manera gradual en sus sucesivas colecciones, Christian Dior  presentaba en cada desfile una línea distinta. Esto obligaba a utilizar prendas íntimas que modificaran el cuerpo de la mujer cuerpo según la tendencia de la temporada.

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Siluetas propuestas por Christian Dior en cada una de sus colecciones.

Corpiños, fajas, sujetadores, combinaciones, medias de fantasía… La lencería alcanzó tal sofisticación que (casi) podía llevarse sin ninguna otra prenda encima. Hay quien dice que los vestidos de diseñadores como Balenciaga o Pertegaz alcanzaban tal perfección técnica que podían llevarse incluso del revés. Esto podía aplicarse a la lencería de la época, ya que alcanzo tal importancia que (casi) podía prescindirse del vestido. Anécdotas a parte, la perfección y el cuidado en la confección de la lencería influyo en la moda de la época y se realizaron prendas de corte lencero, en raso y encaje.

Los vestidos de estilo lencero y conjuntos de ropa íntima están rodeados de desnudos femeninos, como el del “Rapto de Europa” pintado por Martin de Vos en 1590 (al fondo).

Mientras que el vestuario de día buscaba la funcionalidad sin dejar de lado la sofisticación, los diseñadores daban rienda suelta a su imaginación para elaborar trajes de noche espectaculares. Incluso Chanel y Balenciaga, fieles a la sencillez  y discreción de sus creaciones de día, cedían algo de terreno a la fantasía en sus vestidos de noche.

Vestido de noche realizado en piqué blanco, a.1949. Este tejido parece más adecuado para moda de día pero gracias a la audacia de Jacques Fath como diseñador funciona perfectamente en este vestido de fiesta.

Los modelos de noche destacan por la riqueza de los tejidos con los que están confeccionados y la importancia de  los volúmenes. Unos vestidos que las santas de Zurbarán  parecen mirar con deseo desde las paredes del museo y que están en sintonía con los atavíos que el pintor extremeño diseñó para ellas. No en vano, muchos de estos vestidos muestran influencias de la indumentaria de los retratos del s.XVII y x.XVIII y precisamente por ello, las piezas del Museo Galliera conviven sin problemas con la colección de arte antiguo del museo bilbaíno.

La Santa Isabel de Turingia pintada por Zurbarán hacia 1635-40 observa los vestidos de noche diseñador por Schiaparelli, Jean Dessès o Renée Marchal.

De las paredes del Museo de Bellas Artes cuelgan obras que tienen nombre propio, pero no son las únicas. Los diseñadores ponían nombre a cada uno de sus modelos en un ejercicio de lo que Chanel llamaba con desprecio poesía costurera y que ella evitó numerando sus creaciones. Después de años en el exilio, la mujer que había revolucionado la moda femenina en los años 30 abría de nuevo su casa de costura en 1954. El mismo año en que Schiaparelli, la otra gran protagonista de la alta costura de entreguerras y su rival directa, cerraba su taller.

Vestido “Antonia” de Pierre Balmain (1954) y traje de chaqueta “Esperanto” de Carven (1951)

 Dior aseguraba que dándole un nombre evocador a un vestido no sólo embellecía a una clienta sino que la hacía más feliz. No todos los diseñadores estaban de acuerdo con esta “poesía costurera”, pero es una buena muestra de cómo Dior  dominaba a la perfección el arte de la publicidad.

Chanel consideraba que eran las mujeres quienes debían diseñar y marcar las directrices de la moda femenina,  pero paradójicamente eran una minoría en la Alta Costura. Con su vuelta podía mitigar esa desigualdad e imponer su “Chanel look” frente a la opulencia de la moda de la época, pero con el prêt-à-porter pisándole los talones poco podía hacer para evitar la desaparición del oficio de la Alta Costura tal y como ella lo había conocido.

Las casas de costura intentaron adaptarse de alguna manera a los nuevos tiempos, pero el mundo que había visto nacer estos talleres artesanos estaba dejando de existir y muchas de las casa de moda presentes en la exposición desaparecieron antes de 1960. Chanel confiaba en la convivencia de la confección con la costura, como se desprende de sus palabras: “La confección esta inundando el mundo. Pero mezclar la cantidad con la calidad es una autentica equivocación. Francia será la última vencida. París nunca lo será”. No andaba muy desencaminada…

La exposición “Los años 50. La moda en Francia 1947-1957” podrá visitarse hasta el 31 de Agosto. Para más info:

https://www.museobilbao.com/exposiciones/los-anos-50-la-moda-en-francia-1947-1957-231

El último maestro: Hubert de Givenchy en el Museo Thyssen.

La moda ha entrado en el Museo Thyssen y lo ha hecho por la puerta grande con la exposición dedicada a Hubert de Givenchy, que vestirá el museo con las creaciones del maestro de la Alta Costura hasta el próximo 18 de Enero.

Las creaciones de Givenchy forman parte de las colecciones de museos de moda de todo el mundo y a comienzos de los años noventa instituciones como el FIT de Nueva York o el Museo Galliera de Nueva York le dedicaron exposiciones antes de su retirada en 1996, pero esta es la primera vez que un museo no especializado en indumentaria le dedica una muestra a toda su carrera. Este proyecto llega casi diez años después de su ultimo desfile y según ha explicado el mismo Givenchy, el hecho de que la exposición tenga lugar en España y en el Museo Thyssen (cuya colección como experto en arte conoce bien) hizo que la propuesta fuera imposible de rechazar.

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Hubert de Givenchy en las salas de la exposición. Fotografía: http://www.rtve.es

Según Eloy Martínez de la Pera, comisario de la muestra, no se trata de una retrospectiva  más de su carrera sino “una visión de lo que Givenchy entiende por belleza”. El  valor añadido de esta exposición radica en que el mismo diseñador se ha implicado totalmente en todo el proceso: ha bocetado los modelos expuestos,los textos de las salas son suyos y ha supervisado hasta el último detalle de los modelos y maniquíes, encargándose él mismo de los accesorios. No podía ser de otra manera dada la importancia que el modista ha dado siempre a ese aspecto de su trabajo: en sus desfiles presentaba sus modelos con todos los accesorios y adornos que consideraba adecuados, ocupándose incluso del peinado que le iba mejor a cada vestido.

Hubert de Givenchy supervisando el montaje de la exposición junto a Igor Uría, conservador del Museo Cristóbal Balenciaga.

Hubert de Givenchy supervisando el montaje de la exposición junto a Igor Uría, conservador del Museo Cristóbal Balenciaga. Foto: Facebook Museo Thyssen

Detalle de los zapatos de los maniquíes: un acierto total.

Boceto de Givenchy de uno de sus modelos de la colección Invierno 1992. Imagen: Museo Thyssen- Bornemisza.

Detalle de los zapatos de los maniquíes: un acierto total.

Detalle del calzado de los maniquíes.

La exposición es un homenaje más que merecido a un maestro de la costura que se ha hecho un hueco en la historia de la moda basándose en la elegancia sin artificios,  la búsqueda de la perfección y adelantándose en muchas ocasiones a su época. Tal y como explicó Lorenzo Caprile en una conferencia organizada por los Amigos del Museo Thyssen, la carrera de Givenchy no será recordada por presentar en sus colecciones grandes hitos (a excepción de algunas creaciones y la propuesta de siluetas novedosas) sino por crear un estilo propio. Un “estilo Givenchy” fácilmente reconocible por sus lineas limpias,tejidos de calidad y la maestría en el manejo del color, desde el negro hasta los colores más vibrantes.

Publicación de moda de 1957 con ilustraciones de las siluetas propuestas por Balenciaga (derecha) y Givenchy (izquierda), como el abrigo “en oeuf” que se puede ver en la exposición.

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Sorprende recorrer la exposición, compuesta por creaciones desde los años 50 a los 90,  y apreciar que los modelos de Givenchy son actuales a pesar de haber sido diseñados hace décadas. Ésto se debe al equilibrio de sus creaciones, un equilibrio que contrasta con la imagen de enfant terrible que tuvo en su época a pesar de que hoy se le considera un diseñador más bien clásico.

Hubert de Givenchy tuvo un punto rompedor que abrió camino en mucho aspectos en la industria de la moda y que fue clave para el éxito de su maison. Creó un prêt-à-porter de lujo, un concepto que ya puso en marcha con gran éxito estando al frente de la boutique de Elsa Schiaparelli y que se basaba en colecciones realizadas en tejidos de calidad pero menos costosos como el popelín y prendas fácilmente combinables entre sí, su famosa línea separates. También utilizó materiales de lujo y otros más novedosos como el plástico o el metal, pero sin pretender ser rabiosamente futurista como Courrèges o Rabanne. Givenchy utilizaba estos elementos para realizar originales bordados sobre trajes de corte clásico, dándole un toque de modernidad a la elegancia sencilla y sofisticada que caracteriza sus prendas.

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Vestido de novia con cuerpo en organza bordado con pailletes, piel dorada y plástico. Colección Invierno 1992

Esta exposición es un homenaje a Givenchy, a todo aquello que le ha inspirado en su trabajo y a todas las personas que han formado parte, de alguna manera, de su maison. Y es que la muestra está llena de nombres propios; nombres que forman parte de la historia del cine, de la moda, de la cultura del s. XX y de la biografía del diseñador.

En el recorrido por las ocho salas se siente la presencia de dos grandes figuras de la alta costura, Yves Saint Laurent y Cristóbal Balenciaga. En las creaciones de Givenchy se aprecia claramente la influencia de Yves Saint Laurent partir de los años 70, tras la retirada de Balenciaga, pero como él mismo reconoce (siempre con palabras de admiración) su maestro e ideal a seguir fue el diseñador vasco.

Hubert de Givenchy admira a Balenciaga desde que siendo un niño descubrió en una revista de modas la primera colección que presentó en París en 1937: tenía sólo diez años y no podía imaginarse que el mito de la costura parisina le apoyaría en su carrera y se convertiría en un gran amigo.De él tomó  la sencillez (que no simplicidad) en la ropa de día y el romanticismo en los trajes de noche, así como la maestría en el manejo de los tejidos y el color negro.

“Como en la pintura o la escultura, todos tienen su maestro. Balenciaga fue el mio”

                                                                                                  Hubert de Givenchy.

Santa Casilda de Zurbarán a.1630-35. Colección Museo Thyssen

Santa Casilda de Zurbarán (a.1630-35) Colección Museo Thyssen

Givenchy aprendió del maestro de Guetaria el manejo de los volúmenes y la riqueza de los tejidos. Estas características se aprecian en el vestido de la “Santa Casilda” de Zurbarán (c.1630), obra perteneciente a la colección del Museo Thyssen y que sirvió de inspiración para uno de los vestidos más famosos de Balenciaga.

La primera sala de la exposición es un recuerdo lleno de agradecimiento a una persona y una prenda fundamentales en los inicios de la casa Givenchy: Bettina Graziani. A ella, una de las modelos más famosas de París y relaciones públicas de la maison, se debe gran parte del éxito del primer desfile de Givenchy que tuvo lugar en 1952 tras dejar la casa de costura de Elsa Schiaparelli. Bettina consiguió que la prensa acudiera en masa al desfile y que las mejores modelos de la época lucieran en la pasarela la primera colección de un jovencísimo, que no desconocido, Hubert de Givenchy.

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Imágenes de la preparación de la colección y el primer desfile de Givenchy en 1952. A la izquierda el diseñador durante las pruebas con Bettina y a la derecha la modelo desfilando.Fotografías: Life Magazine.

La colección tuvo una acogida espectacular por su frescura y la propuesta de prendas fácilmente combinables (su línea Separates) siendo la pieza estrella de la colección la blusa Bettina, bautizada así en honor a la modelo y amiga del diseñador. A sus 25 años,Givenchy conquistó París con una “simple” blusa blanca.

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Hubert de Givenchy y Bettina tras el desfile

Blusa Bettina junto a una footgrafia de la epoca y l ailustracion realizada por Rene Gruau

Conjunto formado por una falda de gabardina y la blusa Bettina, realizada en algodón blanco y mangas de volantes con encaje inglés. Esta prenda abrió el primer desfile de Givenchy y se vendieron cientos de ejemplares de ella.

Sería impensable organizar una exposición sobre Givenchy y no darle un lugar destacado a  Audrey Hepburn. No es posible abordar  la figura de uno y otro por separado desde aquel feliz encuentro entre el diseñador y la actriz en 1952, cuando una desconocida Miss Hepburn acudió al taller de Givenchy en busca del vestuario para su película Sabrina. La relación profesional se convirtió en una sincera y estrecha amistad, siendo la actriz una pieza fundamental en la carrera y en la vida de Givenchy. Las anécdotas que cuentan las personas allegadas y el propio Givenchy dan testimonio del inmenso cariño y admiración (personal y profesional) que se profesaban, por lo que la visita a la sala dedicada a Audrey Hepburn es especialmente emotiva.

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En la imagen de la izquierda,  Givenchy y Audrey Hepburn durante unas pruebas de vestuario en 1957 y a la derecha fotografiados en París por Sergio Strizzi a.1979

Ella fue algo más que su musa, juntos crearon un estilo acorde al ideal de elegancia de ambos que queda perfectamente reflejado en la exposición. Los modelos de Givenchy que se han grabado en nuestra memoria son aquellos que creó para Audrey Hepburn, ya fuera para la gran pantalla o para su guardarropa personal. Desde Sabrina, Audrey contó con Givenchy para el vestuario de sus películas (a no ser que las sofisticadas creaciones del modista fueran inadecuadas por exigencias del guion) y en su vida privada también, haciéndole una media de doce encargos por temporada.

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En la exposición se puede ver una de las tres copias del famoso vestido columna de “Desayuno con diamantes” (a.1961) Una de ellas, probablemente la que se usó en la película, fue donada por Givenchy al Museo del Traje de Madrid en 2006, otra fue subastada con fines benéficos y adquirida por Bernard Arnault y el hijo de la actriz, Sean Ferrer, es el propietario de la tercera y última copia.

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Vestido de cocktail en encaje negro que Audrey Hepburn lució en la película “Cómo robar un millón”. El antifaz de encaje fue una idea de Audrey Hepburn y aunque en un principio no convenció mucho a Givenchy, el diseñador reconoció que era todo un acierto.

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Espectacular vestido con cuerpo de plumas y fajín de lentejuelas de la colección de alta costura Invierno 1988/89 con el que Audrey Hepburn entregó un premio a su amigo Richard Avedon.

La naturaleza es una de las pasiones que compartían Audrey y Givenchy, ambos adoraban las flores y cuidaban con mimo sus jardines. También es una de las fuentes de inspiración del diseñador y se ha querido destacar en la exposición convirtiendo una de las salas en un delicado bouquet de flores salpicado de originales vestidos de novia. Muchas mujeres confiaron en Givenchy para crear el traje mas importante de su vida y es que la fidelidad a la maison es una de las características de sus clientas.

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El diseñador se muestra agradecido con todas esas mujeres que durante 44 años acudieron a su taller  y que hicieron de su casa de modas un éxito. Mujeres anónimas o mundialmente famosas, muchas de ellas eran viejas conocidas de su época en el taller de alta costura de Schiaparelli (como la duquesa de Windsor o  Marisa Berenson) mientras que otras acudieron al taller de Givenchy de la mano de Balenciaga cuando este se retiró y le indicó a sus mejores clientas dónde debían vestirse a partir de ese momento.

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Izquierda: Vestido en organza estampada diseñado por Givenchy en 1966. Derecha: Vestido y abrigo en satén con cuerpo bordado que Jackie Keneddy lució en su viaje oficial a Francia en 1961.

El éxito de su taller  llenó de felicidad al propio Hubert pero también a sus seres queridos, de quienes recibió el apoyo en su deseo de dedicarse a la moda desde que era un niño. Según Eloy Martínez de la Pera, la exposición es también un homenaje a su familia, que le enseño a apreciar la belleza en el arte y en la indumentaria.

Hubert de Givenchy creció rodeado de arte y hoy día es un gran coleccionista de obras del s.XVII, s.XVIII y XX.  Fotografía: conjunto de lamé dorado diseñado por Givenchy en 1990 rodeado de obras de arte y antigüedades en la casa parisina del diseñador. 

Esta pasión de Givenchy por el arte ha hecho que algunas de sus creaciones dejen entrever su gusto por la pintura o las artes decorativas. Ya en los años 40, cuando trabajaba con Jacques Fath, acudía a museos, exposiciones y bibliotecas en busca de inspiración para sus creaciones y una vez al frente de su propia casa de modas dedicó algunas de sus colecciones a artistas como Rothko o De Stäel.

Como no podía ser de otra manera tratándose de una exposición en el Museo Thyssen, el propio Givenchy quiso que sus creaciones se mostraran acompañadas de algunas de las obras del museo para ilustrar la confluencia entre el arte y la moda en sus colecciones. Según explica Guillermo Solana, en este aspecto de la exposición ha tenido gran importancia el criterio de Philippe Venet, una persona fundamental en la vida y la carrera de Givenchy y también coleccionista. Según Venet las creaciones de Givenchy no reproducen literalmente obras de arte pero sí hay una inspiración común, tal y como ilustra la selección de obras de la colección Thyssen que se pueden ver en la exposición.

Vestido de noche realizado en tafetán (a.1971) y estampado inspirado en la obra de Joan Miró.

Vestido de noche realizado en tafetán (a.1971) y estampado inspirado en la obra de Joan Miró.

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Algunos modelos de Givenchy comparten el colorido y geometría de los cuadros de Robert Delaunay  y Theo van Doesburg (izquierda) o Mark Rothko (derecha).

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La obra de Max Ernst “Treinta y tres muchachas salen a cazar la mariposa blanca” (a.1958) junto a un espectacular vestido de pedrería.

En los modelos expuestos podemos admirar el trabajo de las modistas y los maestros artesanos con los que Givenchy trabajó siempre y que hacen que sus creaciones parezcan autenticas joyas gracias a los bordados, los brocados, la pedrería… El diseñador reconoce su aportación al éxito de su maison, un reconocimiento más que merecido teniendo en cuenta que  la muestra se presenta como un homenaje al último maestro de la Alta Costura; el maestro de un oficio que lamentablemente está desapareciendo y con él muchas profesiones afines.

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Conjunto de noche en terciopelo negro con bordados de vinilo e hilo dorado.

El joven Hubert de Givenchy aprendió con Schiaparelli la importancia de los botones ya que la italiana hizo de estos elementos pequeñas obras de arte contando con verdaderos artistas para su diseño.

Detalle de un vestido de noche de la colección Invierno 1991 que simula un bolero con este bordado en lentejuelas, piedras de colores y coral.

Givenchy recuerda en su biografía algunos de los talleres con los que trabajo como los de madame Brossin de Méré.

“La moda forma parte de la vida. La vida cambia, las épocas cambian”

                                                                                                        Hubert de Givenchy

Esta exposición nos invita a reflexionar sobre cómo ha evolucionado la moda y es una oportunidad  para asomarse a un mundo que ya no existe, el de la alta costura tal y como la conoció Givenchy, y a la figura de un diseñador que ha vivido en primera persona buena parte de la Historia de la Moda.